Carta abierta al Algoritmo

Querido Algoritmo:

No te voy a negar nada: cuando llegaste, me tembló la señal. Tú con tus predicciones exactas y tu aire de niño prodigio, decidiendo lo que cada uno quiere oír antes de que lo piense siquiera. Parecía que me ibas a dejar hablando sola. Pero aquí estoy: he cumplido cien años, y todavía me levanto temprano a dar los buenos días a la gente.

Tú naciste para optimizar, y me alegro. Cuanto mejor te vaya, más espacio tendré yo para seguir haciendo lo que tú todavía no puedes: acompañar con alma.

A ti te gustan los numeritos, los patrones, los clics, los tiempos de retención. Tienes detrás un ejército de consultores, planners y señores del Excel que te veneran como a un tótem de KPI. Ellos hablan de “engagement” y de “conversiones”, mientras yo sigo midiendo el éxito en algo tan arcaico y tan bonito como un silencio justo después del boletín, o una carcajada en mitad del tráfico.

Tú sabes exactamente a quién hablarle; yo todavía conservo la costumbre de que la gente me escuche por convicción… o que me encuentre por accidente. En tu mundo, eso es fuga de audiencia; en el mío, es destino.

Y esos “impactos” tuyos —tan precisos, tan contados— a veces duran tres segundos y una métrica. Los míos no salen en informes, pero cambian mañanas enteras. No tengo dashboards, pero tengo hogares que me dejan encendida solo para no sentirse solos.

En serio, no te juzgo. Incluso tenemos cosas en común:

— Tú tienes clickbait; yo tengo al mismo artista sonando cada cuarenta y cinco minutos (también gracias a un Excel).
— Tú viralizas bulos; yo propago rumores de pueblo, más nobles, pero igual de contagiosos.
— Tú dices “tendencia”; yo digo “costumbre”.
— Tú mides métricas; yo reconozco voces, nombres y horarios fijos.

No me molesta cumplir años. Me gusta. Cada interferencia mía es una historia grabada: una voz que anunció la paz o la tormenta, una canción que le cambió el ánimo a alguien sin que la pidiera. Hay algo precioso en eso, Algoritmo: yo no te persigo. Yo te espero. Y cuando llegas, si llegas, te hago sitio sin pedirte contraseña.

He aprendido a viajar por streaming, me he dejado clonar en pódcast, me dejo oír en coches eléctricos y en altavoces inteligentes. Me he transformado sin perder mi timbre. A veces hasta me dan ganas de darte las gracias, querido Algoritmo, porque con tanto ruido nuevo me obligaste a recordar quién soy: una presencia que late cuando todo lo demás se apaga.

Así que no te preocupes: sigue calculando. Que mientras tú buscas atención, yo seguiré ofreciendo compañía. Y cuando tu nube de datos se canse de tanto número, o si un día se va la luz, búscame en un transistor con pilas: ahí sigo, hablando bajito para que no te sientas solo.

Todavía tengo historias que contar.
Y tú, aunque no lo sepas, también necesitas escuchar.

Con cariño,
La Radio.

Leo Adrogué.

Este es un cuento más. Cualquier parecido con la vida real es culpa de la vida real.

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